La crónica
Lugaris transmite madurez. La carta parte de ibéricos y quesos extremeños y avanza hacia pescados y carnes con una técnica que busca acompañar al producto, no ocultarlo. Es una cocina reconocible, serena y especialmente apropiada para una conversación larga.
El surtido de ibéricos, la Torta de Barros y los platos ligados al cerdo ibérico construyen un relato territorial convincente. La renovación estacional de la carta evita que el clasicismo se vuelva inmóvil y permite que la cocina conserve actualidad.
La experiencia resulta sólida en todos sus apartados. Quizá se echa en falta algún gesto de mayor riesgo que convierta un muy buen servicio gastronómico en un recuerdo verdaderamente inesperado.
Una mesa fiable y elegante, sostenida por conocimiento del producto y oficio de sala.